Carta de una madre a la Ministra de Igualdad

Excma. Sra. Irene Montero Gil, Ministra de Igualdad,

Entendiendo que usted, desde el cargo que ocupa y como mujer y madre de tres hijos, vela por el bienestar de las mujeres, tanto jóvenes como adultas, quería compartirle la siguiente historia:

Mi hija de 17 años, con la que incluso en plena adolescencia mantengo una buena relación fruto de un vínculo muy profundo creado desde el mismo embarazo, llevaba unas semanas muy rara: sin querer a penas comer, no hablaba conmigo ni quería despertarse para ir al instituto, entre otros síntomas. Finalmente ayer explotó y muy compunjida entre lágrimas y como buenamente pudo me contó que llevaba sufriendo abusos sexuales por parte de un familiar desde hacía 1 año y que hace un mes él la obligó a abortar. La amenaza fue clara: entra ahí y di que estás embarazada y que no lo quieres. Yo te espero en el coche. Es lo mejor para toda la familia. Imagínate la desgracia para la familia y toda la ruina para tí que va a suponer si sigues adelante con el embarazo. Ella en pleno shock entró y pidió la cita y se sometió a la IVE. Ahora, acogida por mí y su padre, buscamos salvarla ayudándole a superar ese doble trauma: el abuso sexual y la Intervención Violenta del Embarazo.

Esta historia no es real. Por un lado porque aún no se ha puesto en marcha la Ley que Usted ha impulsado y aprobado por la vía urgente y que va a permitr a las adolescentes (también coaccionadas por los hombres que las dejan embarazadas) abortar sin el consentimiento -ni conocimiento- de sus padres y madres. Y segundo, porque mi hija nunca llegó a nacer. En 2009, a los 2 meses de vida intrauterina, aborto mediante, fue extraida de mi vientre de forma violenta y nunca más he podido saber de ella.

Sin embargo, este relato ficticio, va a ser el pan de cada día cuando se comience a ejecutar esta ley que nos deja a las madres y los padres al margen de historias tran dramáticas con esta. Tenga, por favor, en cuenta informaciones como las que revela Save The Children en sus informes, como que el 78,9% de los casos las víctimas son niñas y chicas adolescentes, y el 84% de los abusadores son conocidos, en mayor o menor grado, por los niños y las niñas. Es decir, pueden ser doblemente vulneradas: en su sexualidad y en su maternidad. Doblemente violentadas: con el abuso sexual y con la intevención violenta del embarazo. Todo ello al margen de sus progenitores quienes, en primera y última instancia, deberíamos velar por su salud y bienestar. En este primer relato, la hija habla finalmente con la madre, pero le aseguro que en su mayoría guardarán el dolor y el trauma dentro de ellas y buscarán taparlo como buenamente puedan. Le aseguro por experiencia que las drogas y el alcohol son una herramienta muy accesible. Y que, más allá de lo que se cree, el aborto supone una violencia que nos destroza muy profundamente a las mujeres. Y esto ya no solo lo avala mi propia experiencia, sino que ya sumo la de muchas otras mujeres que me contactan para compartirme su dolor al entender que han perdido a sus hijos e hijas de forma violenta.

Por todo ello, y mucho más que le podría contar, como que acompaño a jóvenes que tras superar el estado de shock que las llevó a abortar me llaman desconsoladas y, algunas, al borde del suicidio, le ruego que reconsidere las medidas que está aprobando y ponga, por favor, la seguridad y el bienestar de las mujeres más vulnerables, como lo son las jóvenes, en el centro de sus políticas. Le acompañaría de mucho gusto en ese recorrido poniendo mi experiencia al servicio de ello.

Atentamente,

Leire Navaridas

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