Naturaleza, poder y cultura del miedo

“¿Por qué ese silencio prolongado sobre el papel del miedo en la historia? Sin duda causa de una confusión mental ampliamente difundida entre miedo y cobardía, valor y temeridad. Por auténtica hipocresía se ha tendido durante mucho tiempo a camuflar las reacciones naturales que acompañan a la toma de conciencia de un peligro tras las apariencias de actitudes ruidosamente heroicas. La palabra miedo está cargada de tanta vergüenza que la ocultamos. Sepultamos en lo más profundo de nosotros el miedo que se nos agarra en las entrañas.

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En todas las épocas, la exaltación del heroísmo es engañosa: como discurso apologético que es, deja en la sombra un amplio campo de la realidad.

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Miedo y cobardía no son sinónimos. Pero hay que preguntarse si el Renacimiento no quedó marcado por una toma de conciencia más nítida de las múltiples amenazas que pesan sobre los hombres en el combate y en otras partes, en este mundo y en el otro. De ahí la cohabitación muchas veces visible en las crónicas el tiempo, de comportamientos valerosos y actitudes temerosas en una misma personalidad.

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EL MIEDO ES NATURAL

Haya o no más sensibilidad antes el miedo en nuestro tiempo, éste es un componente mayor de la experiencia humana, a pesar de los esfuerzos intentados para superarlo. “No hay hombre que esté por encima del miedo -escribe un militar- y que pueda vanagloriarse de escapar de él” Un guía de alta montaña a quien se le plantea la pregunta: “¿Le ha ocurrido tener miedo?”, responde: “Siempre se tiene miedo de la tormenta cuando se la oye crepitar sobre las rocas. Se erizan los cabellos debajo de la boina”.

Sartre escribe: “Todos los hombres tienen miedo. Todos. El que no tiene miedo no es normal, eso no tiene nada que ver con el valor”

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La necesidad de seguridad es, por tanto, fundamental; está en la base de la afectividad y de la moral humanas. La inseguridad es símbolo de muerte, y la seguridad símbolo de vida. El compañero, el ángel guardián, el amigo, el ser benéfico es siempre aquel que difunde seguridad.

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En animal no anticipa su muerte. El hombre, por el contrario, sabe -muy pronto- que morirá. Es, por tanto, el único que conoce el miedo en un grado tan temible y duradero.

El miedo de las especies animales es único, idéntico a sí mismo, inmutable: el miedo a ser devorado. Mientras que el miedo humano, hijo de nuestra imaginación, no es uno sino múltiple, no es fijo sino perpetuamente cambiante.

No obstante, el miedo es ambiguo. Inherente a nuestra naturaleza, es una muralla esencial, una garantía contra los peligros, un reflejo indispensable que permite al organismo escapar provisionalmente de la muerte. Sin el miedo ninguna especia habría sobrevivido. Pero si sobrepasa la dosis soportable, se vuelve patológico y crea bloqueos. Se puede morir de miedo, o al menos ser paralizado por él.

En los Cuentos de la Bécasse, Maupassant lo describe como “una sensación atroz, una descomposición del alma, un espasmo horrible del pensamiento y del corazón cuyo solo recuerdo proporciona al alma estremecimientos de angustia”.

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G. Simenon declara del mismo modo que el miedo es “un enemigo más peligroso que todos los demás”.  Incluso actualmente, los indios -o incluso mestizos- de algunas aldeas remotas de México conservan entre sus conceptos el de la enfermedad del espanto o susto. Tener un espanto es “dejar al alma en otra parte”.

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En efecto, el miedo puede convertirse en causa de la involución de los individuos. Todo aquel que está dominado por el miedo corre el riesgo de disgregarse. Su personalidad se cuartea, la impresión de serenidad que da la adhesión al mundo desaparece; el ser se vuelve separado, otro extraño. El tiempo se detiene, el espacio mengua.

En el caso de Renée, una esquizofrénica estudiada por Mme. Sechehaye: cierto día de enero conoce por primera vez el miedo que le es aportado, según ella cree, por un gran viento anunciador de lúgubres mensajes. Pronto este miedo, al aumentar, acece la distancia entre Renée y el mundo exterior, cuyos elementos pierden progresivamente su realidad. La enferma confesaría más tarde: “El miedo, que antes era episódico, no me abandona ya. Todos los días estaba segura de sentirlo. Y luego los estados de irrealidad aumentaban también.

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Tratándose de nuestra época, la expresión “enfermedades de civilización” se nos ha vuelto familiar. ¿Es que una acumulación de agresiones y de miedos, por tanto de stress emocionales, no ha provocado en Occidente, desde la peste negra a las guerras de religión, una enfermedad de la civilización occidental de la que finalmente ha salido victoriosa? A nosotros corresponde, mediante una especie de análisis espectral, individualizar los miedos particulares que entonces se sumaron para crear un clima de miedo.

“Miedos particulares”. Aquí puede llegar a ser muy afectiva en el plano colectivo la distinción que la psiquiatría ha establecido en la actualidad en el plano individual entre miedo y angustia, antiguamente confundidas por la psicología clásica. Porque se trata de dos polos a cuyo alrededor gravitan palabras y hechos psíquicos a la vez emparentados y diferentes. El temor, el espanto, el pavor, el terror pertenecen más bien al miedo; la inquietud, la ansiedad, la melancolía, más bien a la angustia. El primero lleva hacia lo conocido, la segunda hacia lo desconocido. Por eso es más difícil de soportar que el miedo.

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En los obsesos, la angustia se convierte en neurosis, y en los melancólicos en una forma de psicosis. Como la imaginación juega un papel importante en la angustia, ésta tiene su causa más en el individuo que en la realidad que lo rodea, y su duración no se encuentra, como la del miedo, limitada por la desaparición de las amenazas. Por eso es más propia del hombre que del animal. Distinguir entre miedo y angustia no equivale, sin embargo, a ignorar los vínculos en los comportamientos humanos. Miedos repetidos pueden crear una inadaptación profunda en un sujeto y conducirle a un estado de malestar profundo generador de crisis de angustia. Recíprocamente, un temperamento ansioso corre el riesgo de verse más sometido a los miedos que cualquier otro. Además el hombre dispone de una experiencia rica y de una memoria tan grande que sólo raramente experimenta miedos que en un cierto grado no estén penetrados de angustia. Reacciona, más todavía que el animal, a una situación desencadenante en función de sus vivencias anteriores y de sus “recuerdos”.

Como el miedo, la angustia es ambivalente. Es presentimiento de lo insólito y expectativa de la novedad; vértigo de la nada y esperanza de una plenitud. Es a la vez temor y deseo. ”

 

Extractos de “EL MIEDO EN OCCIDENTE” de Jean Delumeau. Ed. Taurus, 1989

 

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